
Para empezar: una violación en el ciber espacio
Hace algunos años, a principios de los 90, los primeros fanáticos de los mundos virtuales se reunían en una plataforma (programa) llamado LambdaMOO. Tal como ocurre en Second Life hoy, cada uno de los integrantes de esta red tenía un avatar (personaje con nombre y apariencia humana, algo así como un “mono” de video juego) que les permitía interactuar entre ellos, conocer gente dentro de LambdaMOO y formar comunidades de acuerdo a sus intereses. Fue en una de esas comunidades que una noche un grupo de avatares estaba reunidos cuando apareció uno llamado Mister Bungle. La persona que comandaba a Mister Bungle desde un computador, cuyo nombre permanece desconocido, logró hackear el sistema de LamdaMOO con un programa llamado Vodoo Doll (muñeca Vudú), que le permitía tomar control de los otros avatares presentes en ese momento. Ante la sorpresa de todo el mundo, Mister Bungle violó a los demás avatares, quienes no pudieron hacer nada por evitarlo. En estas plataformas existe la posibilidad de “tener sexo”, pero las dos personas deben estar de acuerdo, lo mismo que para bailar o jugar a algo.
Las tres víctimas de Mister Bungle se quejaron al administrador de la comunidad, una de ellas dijo incluso haber sufrido graves efectos sicológicos, por lo que estaba en tratamiento siquiátrico.
La voz se corrió entre los integrantes del grupo: habría un consejo general para tratar el caso de Mister Bungle.
Un día X se reunieron todos los avatares de esa comunidad para decidir el veredicto sobre Mister Bungle. Primero las víctimas dieron a conocer su testimonio, diciendo que se sintieron “verdaderamente ultrajadas con lo ocurrido”. Luego del relato espontáneamente se formaron grupos: los que querían eliminar a Mister Bungle de la comunidad, los que querían darle una nueva oportunidad y los que decían que daba lo mismo, que en un mundo como LambdaMOO no se podía aplicar las reglas de la “represiva” sociedad real. El administrador del grupo, por su parte, dijo no sentirse con el derecho de eliminar a Mister Bungle, ya que eso sería el equivalente de aplicar la pena de muerte.
El tono de la discusión fue en aumento y en medio del acalorado debate apareció, para sorpresa de todos, Mister Bungle. Tal como hubiera ocurrido en el mundo real con un violador, todos los demás presentes se alejaron de él. Quedó solo en medio del lugar de reunión y pidió perdón por lo que hizo, diciendo que fue sólo una broma y que nunca pensó en las consecuencias negativas de su acción.
Las víctimas no aceptaron las disculpas y el administrador de la comunidad decidió expulsarlo. Unos estaban felices, otros criticaron la medida diciendo que era el primer paso para transformar un mundo libre en un mundo con reglas.
¿Qué pasó después? La persona detrás de Mister Bungle creó un nuevo avatar, volvió a entrar a la comunidad y volvió a hacer lo mismo.
El Yo virtual
Por muy interesante que sea la historia, no quiero centrar este post en Mister Bungle y LambdaMOO. La idea es usar este caso como punto de partida para discutir cuán separados podemos estar de nuestra representación en el ciberespacio, de nuestro yo virtual.
Me imagino que muchos de los que leen este post – si no todos – tienen un perfil en Facebook. ¿Ponen cualquier cosa en ese perfil? ¿Suben cualquier foto? Lo mismo pasa con las fotos que se suben a Picasa o Flicker. ¿Podemos separar nuestra imagen virtual de la real?
En un comentario a un post anterior, Alexis Flores contaba lo mal que se sintió cuando un amigo lo borró de su lista de Facebook: “realmente sentí que me había cerrado las puertas de su casa, lo que trajo un cambio en mi actitud hacia el en la vida cotidiana, real, en vivo y en directo.”
Vuelvo a la pregunta: ¿podemos separar a nuestro yo virtual del real? ¿O ya se transformaron en una extensión de lo mismo?
Muchos podrán decir que el anonimato que brinda Internet hace que muchas personas tengan una conducta muy distinta como internautas a la que tienen en la calle. Por algo los sitios de sexo son los más buscados en la red y me imagino que esas millones de personas no andan viendo sus revistas pornográficas en la micro. Hay cierta sensación de que la identidad real está protegida en Internet. Lamento decirles que es una sensación de protección muy falsa, ya que es muy fácil saber la dirección IP de cada computador que entra a un sitio; es más, Google tiene los datos de todos y cada uno de los sitios, páginas y comunidades que ustedes visitan a diario.
Pero no nos apartemos del tema. Todos tenemos una razón para tener una cuenta en Facebook, todos queremos proyectar una determinada imagen, todos queremos hacer notar algo de nosotros mismos. Y esto especialmente relevante entre los más jóvenes.
La investigadora de la Universidad de Berkeley, Dana Boyd, hizo un estudio sobre el tema y llegó a la conclusión de que los adolescentes tienen un perfil en Facebook porque la vida social en la red tiene características que no son posibles de encontrar en el mundo real, entre ellas la posibilidad de elegir qué cosas mostramos a los demás. En un sitio social cada uno “controla” su imagen, algo que no ocurre en la calle. Para muchos jóvenes esta es una gran herramienta para ser “popular” en el colegio, para ser aceptados, o incluso para vencer la timidez. Es por eso que es muy común encontrarse con perfiles de adolescentes en Facebook que están abiertos, que cualquiera puede ver. Y en esos perfiles no es extraño ver fotos de fiestas, borracheras y muchas otras situaciones que en el entorno de esos adolescentes son vistas como socialmente aceptables o incluso “admirables”.
Esta tendencia de publicar todo en Facebook ya tiene consecuencias: hay casos de recién egresados de universidades a los que se les ha rescindido ofertas de trabajo debido a las fotos que tienen en su perfil de Facebook o por los comentarios que dejan sus amigos. Muchos padres han comenzado a abrir cuentas en Facebook para ver qué es lo que realmente hacen sus hijos. Pero como cada táctica tiene una contra-táctica, ya hay muchos “perfiles espejo”, es decir, perfiles en que el dueño pone su nombre y apellido y toda su información “socialmente aceptable”, mientras que en otro, con un sobre nombre o un nombre en clave que sólo conocen los amigos, sigue poniendo las fotos, videos y comentarios que realmente quiere poner.